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Hablemos del tema

Hablar de salud mental puede parecer sencillo, pero cuando intentamos definirla nos damos cuenta de que no lo es tanto. Si nos preguntaran qué significa tener salud física, probablemente encontraríamos respuestas con mayor facilidad: “que no me duela nada”, “que no esté enfermo/a”, “no tener una lesión”. Pero cuando cambiamos la pregunta por ¿qué significa tener salud mental?, ¿qué se nos viene a la mente?

Y, sobre todo, ¿cuántas veces realmente nos hemos detenido a pensar en ella?

Vivimos en una sociedad que parece pedirnos estar en movimiento constantemente. Se espera que seamos eficientes en el trabajo o en la escuela, que mantengamos nuestras relaciones, que seamos productivos, que hagamos ejercicio, que comamos bien, que busquemos nuestro crecimiento personal, que tengamos una vida social activa, que viajemos, que respondamos mensajes, que estemos presentes en redes sociales y, de alguna manera, que hagamos todo esto mientras nos sentimos “bien”.

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Entre tantas exigencias, es fácil que el cuidado de nuestra salud mental termine convirtiéndose en algo que dejamos para después. Después de terminar el trabajo. Después de cumplir con nuestras responsabilidades. Después de resolver ese problema. Después de tener tiempo. Pero ¿y si ese momento para cuidar de nosotros nunca llega?

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Tener salud mental no implica estar feliz todo el tiempo, no experimentar estrés o nunca sentir tristeza, enojo, miedo o preocupación. Las emociones desagradables también forman parte de la experiencia humana y nuestra salud mental tiene más que ver con la manera en que podemos relacionarnos con lo que nos sucede: reconocer lo que sentimos, identificar nuestras necesidades, adaptarnos a los cambios, establecer límites, construir vínculos significativos y buscar apoyo cuando lo necesitamos.

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En una cultura que constantemente nos habla de avanzar, mejorar y producir, detenernos puede parecer contraproducente. Sin embargo, hacer una pausa no significa dejar de avanzar. A veces, parar significa escucharnos. 

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Cuidar nuestra salud mental tampoco tiene que convertirse en una nueva exigencia. No se trata de añadir otra tarea a una lista interminable de cosas que “deberíamos” estar haciendo; se trata de reconocer que nosotros también necesitamos espacio dentro de nuestra propia vida.

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En este Día Mundial de la Salud Mental, quizá podamos aprovechar no solamente para hablar de ella, sino para practicarla. Hoy, date unos minutos para detenerte y preguntarte: ¿Cómo estoy realmente?, ¿Qué necesito en este momento?, ¿Cuándo fue la última vez que hice algo simplemente porque me hacía bien y no porque tenía que hacerlo?

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No siempre tendremos respuestas inmediatas y eso también está bien. La salud mental no es un estado que alcanzamos y conservamos para siempre, es una parte de nuestra vida que merece atención, cuidado y espacio.

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